MI HISTORIA

Capítulo 1: El comienzo Capítulo 2: La despedida
Capítulo 3: Madurando Capítulo 4: La vuelta a la normalidad
Capítulo 5: La decisión Capítulo 6: Llegando a mi destino
Capítulo 7: Conociendo a la señora María Capítulo 8: Conociendo el pueblo.
Capítulo 9: Conociendo al alcalde. Capítulo 10: De aventura.
Capítulo 11: La cuidad de Minem. Capítulo 12: Nuria
Capítulo 13: Llámame Capítulo 14: Con Nuria en el parque
   
   

Capítulo 1: El comienzo

 

Todos los libros comienzan de la misma manera, en todos ocurre algo que hace que la vida de los personajes cambie. En mi caso ese suceso fue la muerte de mis padres.

 

Ocurrió una noche de otoño, mis padres habían ido a cenar a casa de unos amigos y yo me había quedado sólo en casa. De madrugada sonó el teléfono y una voz ronca de hombre me habló, me dijo los nombres de mis padres y me dijo que si los conocía, yo le dije que sí, que eran mis padres y le dije si quería hablar con ellos (me había acostado pronto y por la hora que era supuse que mis padres ya habrían vuelto a casa y estarían durmiendo) después de decir aquello hubo un silencio prolongado, el hombre con el que hablaba no sabía que decir, lógicamente le extrañaba el hecho de que mis padres estuvieran conmigo. Me preguntó que donde estaban mis padres y yo le dije que suponía que estarían en cama durmiendo. Por alguna extraña razón dejé el auricular sobre la mesa y me dirigí hacia su habitación, hacia la habitación donde supuestamente se encontraban, pero cuando entré allí no había nadie. Volví hacia el teléfono y le dije al señor que mis padres no habían vuelto aún, sentí como el hombre cogía aire al otro lado del teléfono y me decía que mis padres habían tenido un accidente de tráfico, que habían fallecido.

No recuerdo muy bien lo que sucedió después, el hombre estuvo hablando por teléfono pero yo no le escuchaba, mi mente estaba en blanco. Cuando el hombre terminó de hablar colgué el teléfono y sin saber porqué me volví a la cama, me tumbé y estuve con la mente en blanco mirando al techo toda la noche, hasta que amaneció y la claridad del día me hizo ver lo que había ocurrido. Había amanecido y mis padres no habían vuelto a casa, estaban muertos.

 

Fue una mañana llena de llamadas telefónicas, no sabía qué hacer y llamé a mis tíos, después las llamadas se fueron sucediendo y mis familiares fueron llegando a mi casa, todos aparecían por la puerta llorando, dándome abrazos e intentando consolarme, sin embargo yo estaba como en una nube, las palabras que me decían no tenían significado y no reconocía a toda aquella gente que tenía delante de mi, era como si fueran extraños a los que acababa de conocer.

Lo siguiente que recuerdo es que me llevaron en coche hasta no sé donde y allí después de andar por pasillos que parecía que no se iban a acabar nunca llegué a una habitación. Dentro de la habitación había dos mesas y sobre ellas dos cuerpos tapados con una sábana blanca cada uno.

No recuerdo que pasó a continuación, según mis familiares cuando me mostraron los cuerpos de mis padres me convertí en un zombi, me puse blanco como la cera, no era capaz de articular palabra y no fueron capaces de que reaccionara. Necesitaba reposo y así fue como pasó la tarde y la noche, conmigo tumbado sobre mi cama, sin comer, sin beber, sin hablar y con los ojos abiertos mirando al techo, como si yo también estuviera muerto.

 

Así es como comienza esta historia, así es como comienza el inicio de mi nueva vida.

 

 

 

Capítulo 2: La despedida

 

Al día siguiente fue el velatorio, las visitas se sucedían, mis familiares, mis amigos y un montón de gente, la mayoría amigos de mis padres y a los cuales yo no conocía de nada, se pasaron por allí para darme el pésame e intentar darme ánimos para que siguiera adelante. He de decir que mis padres eran dos personas estupendas, nunca en la vida conocí a nadie más amable que mi madre y a nadie más responsable que mi padre, de ahí que tuvieran tantos amigos.

Aquel día me pareció eterno, pensé que no iba a acabarse nunca. Llegada la noche mi tía me llevó a su casa para que durmiera un rato, cosa que me fue imposible.

 

Un nuevo día llegó, el día del entierro, el día en el que debía de despedirme de mis padres, o por lo menos de sus cuerpos, para siempre.

Durante el funeral la iglesia estaba a rebosar, mis familiares se encargaron de organizarlo todo, yo me veía incapaz de hacerlo. Me gustó que se hubiera juntado tanta gente para despedir a mis padres. Seguro que todas aquellas personas guardaban miles de recuerdos de mis padres, recuerdos que  3 días antes me habría encantado escuchar.

Finalizó el funeral y se dio sepultura a los cadáveres.

Al igual que en el velatorio la gente se acercaba a mí para darme ánimos y decirme palabras de consuelo, pero lo cierto es que podían habérselas ahorrado ya que ignoré todo lo que me dijeron.

Poco a poco la gente se fue marchando de allí y cuando quedábamos sólo mis familiares más cercanos y yo les dije que necesitaba estar a solas, que se marcharan a casa, que yo iba a volver andando. Aunque era una caminata de 2 horas, yo no tenía ninguna prisa por llegar.

 

El camino a casa fue lento, muy lento, todo el camino fui con la cabeza baja, nunca en la vida había mirado tanto el suelo por el que caminaba. Cuando al fin llegué el sol ya se había puesto y brillaba la luna.

La casa estaba en silencio, todo estaba a oscuras, una situación desconocida se abría ante mí. Recorrí toda la casa, fui habitación por habitación encendiendo la luz, como si todo aquello hubiera sido una pesadilla, como si fuera a encontrar a mis padres de un momento a otro, escondidos y preparados para darme una sorpresa, pero no fue así, la casa estaba vacía, apagué todas las luces, cerré todas las persianas y me dispuse a dormir.

 

 

Capítulo 3: Madurando

Aquella noche fue la más importante de toda mi vida, de ella dependería todo lo que me pasara de ahí en adelante. La gente va madurando con el paso de los años hasta convertirse en adulta, pero yo, teniendo 19 años, aun no me consideraba un adulto, lo cierto es que era un adolescente que guardaba aun parte de niño. Siempre había estado al amparo de mis padres, siempre me habían protegido y habían sido ellos los que habían solucionado todas las situaciones difíciles, y sin embargo ahora ya no estaban.

En una sola noche debería convertirme en un adulto, debería dejar atrás todo lo que me quedaba de niño, todo lo que me quedaba de adolescente y madurar.

Siempre envidié a Peter Pan, un niño que vivía en el país de Nunca Jamás, donde nunca crecería y donde sería por siempre un niño. Pero no sólo lo envidiaba porque iba a ser eternamente un niño si no también porque viviría una vida llena de aventuras, rodeado de otros chicos de su edad con los que lo único que haría sería jugar.

La horas pasaban lentamente, al igual que en noches anteriores no pude conciliar el sueño. Llegado el momento me duché, desayuné y me preparé para enfrentarme al mundo de los adultos. La tan conocida como selva de asfalto, donde o impones tu poder o te ves superado y engullido por el resto de tus congéneres, que no son más que tus adversarios en la vida real.

Al ser hijo único el tema de la herencia fue bastante sencilla y rápida, otra cosa fue el tema del abogado. Mis padres tenían un seguro de vida y todos sabéis como son los seguros, intentarán escaquearse siempre que puedan. Tuve que ir a juicio y al final conseguí una pequeña fortuna, no era lo suficiente como para vivir toda la vida pero podría estar unos cuantos años sin trabajar pensando en qué hacer.

 

Aquellos trámites habían durado varias semanas, semanas en las que prácticamente no tenía tiempo libre, semanas en las que no hablaba con palabras, si no con papeles, que son la forma de comunicación que tienen los adultos. Contratos, cláusulas, registros… hubo que modificar infinidad de ellos hasta que me convertí legalmente en dueño de todo lo que habían dejado mis padres.

 

Qué hacer después, la verdad es que no lo tenía muy claro, pero cuando me encontré con tiempo libre comencé a organizar la casa, allí había cosas que ya no necesitaba para nada, jamás pensé en quedarme las pertenencias personales de mis padres como recuerdo, siempre los recordaría por la educación que me dieron y no por los objetos que había en aquella casa.

Hice listas con todo lo que había en la casa, con las cosas de las que podía prescindir y las separé en varios grupos.

Por un lado estaba la ropa, lo que me servía de mi padre me lo quedé, el resto, junto a la ropa de mi madre, la regalé a parientes que les sirviera.

Respeté la decoración de la casa, las cortinas, los cuadros, los muebles, las camas y los libros.

Por último junté los objetos de valor que no me eran necesarios y los subasté por Internet. Prácticamente no conseguí nada por ellos, pero no me hacían falta. Subasté los equipos de música, los DVD, los televisores, incluso vendí el ordenador.

Después de aquello ya no me quedaba nada más que hacer salvo vivir mi vida. El pasado quedaba atrás y era libre de hacer lo que quisiera sin pensar en las consecuencias, hiciera lo que hiciese sólo afectaría a mi vida y por tanto debía pensar única y exclusivamente en mí.

 

 

Capítulo 4: La vuelta a la normalidad

Habían pasado más de dos meses desde la muerte de mis padres cuando llegó la navidad, esa época de paz y amor donde las familias se reúnen para pasar las fiestas. Pero aquella fue la navidad más triste que recuerdo en toda mi vida. Toda la familia intentaba fingir que eran felices, mas en el fondo de nuestros corazones todos extrañábamos a mis padres, sin ellos no había nada que celebrar.

Normalmente pasábamos el día de navidad con la familia por parte de mi madre, el día de reyes con la familia de mi padre y nochebuena y nochevieja estábamos sólo mis padres y yo. Aquel año mantuve las reuniones de navidad y reyes y además mis abuelos paternos me invitaron en nochevieja y mis abuelos maternos en nochebuena. Aquella situación parecería de lo más normal del mundo pero a mi me resultaba extraña, era como si mi familia se hubieran turnado y hubieran decidido que días iba a pasar con cada uno.

 

La relación con mis amigos tampoco iba nada bien, yo ya no me divertía estando con ellos, por muchas cosas graciosas que dijeran no conseguían arrancarme una sonrisa y prácticamente no hablaba, simplemente escuchaba lo que el resto decía y sólo participaba cuando me preguntaban algo. Además en las conversaciones medían constantemente sus palabras, para evitar decir algo que me recordara la muerte de mis padres.

Pero lo peor de todo eran las miradas, la gente no me miraba igual que antes, la gente me miraba con lástima, como diciendo “mira a ese chico, el pobre se ha quedado sin padres” y aquellas miradas me hacían mucho daño.

Quería que todo fuera como antes, quería volver a ser un chico normal, sin responsabilidades, que sale con sus amigos a divertirse, pero no podía hacerlo.

Por aquel entonces aunque vivía en una gran ciudad toda la gente conocía la muerte de mis padres, lo que hacía que aun fuera más doloroso.

 

Voy a contaros un poco acerca de aquella ciudad. Hacía unos 200 años no era más que un pequeño pueblo marinero, donde las casas se encontraban pegadas al mar y la playa se encontraba repleta de barcos. Con la construcción de un puerto el pueblo fue creciendo más y más, las comunicaciones con las ciudades vecinas mejoraron, los barcos no paraban de desembarcar mercancías allí y la gente comenzó a llegar desde todos los puntos del país. Así fue pasando el tiempo hasta convertirse en una ciudad enorme, llena de edificios, con unos 80.000 habitantes.

La ciudad contaba con todo lo que se necesitaba, hospitales, colegios, universidades y todo tipo de comercios que hacían la vida realmente sencilla.

Al estar pegada a la costa nunca hacía ni demasiado frió ni demasiado calor, pero lo malo que tenía es que a veces el viento soplaba con muchísima fuerza.

 

 

Capítulo 5: La decisión

Odiaba la situación en la que estaba, no me encontraba cómodo ni con mis familiares ni con mis amigos. Al faltar tantos meses a la facultad di el curso por perdido. Mi casa y mi barrio me traían demasiados recuerdos, lo que me ponía triste. Necesitaba un cambio, necesitaba salir de aquella ciudad, pero no sabía a donde ir.

 

Era una tarde fría de finales de enero, necesitaba pensar qué iba a hacer con mi vida y me fui a la playa. Estaba lloviendo y había mucho viento, pero eso a mi no me importaba, yo quería pensar.

Me senté sobre la arena mientras veía como las enormes olas rompían a escasos metros de la orilla llenando esta de espuma. El ruido era ensordecedor, mas no parecía distraerme lo más mínimo, yo estaba concentrado pensando en mi futuro, en qué debía hacer…

Pronto hallé la solución, tenía que irme de allí, tenía que irme muy lejos, dejar todo atrás y comenzar de cero en algún lugar, tenía que probar fortuna.

La idea no era ir de trotamundos, si no de encontrar un lugar en el que asentarme, intentar sobrevivir allí y volver en septiembre, cuando decidiría si seguiría mis estudios y me matricularía en el nuevo curso o por el contrario dejaría la carrera y me pondría a trabajar.

Me gustaban las ciencias así que había comenzado la carrera de física, pero el primer año no me había ido nada bien, de 7 asignaturas sólo había aprobado 2, este año había decidido esforzarme más, pero después de todo lo sucedido, ya no había esfuerzo que valiera para salvar el año.

 

Les comuniqué mi decisión a mis familiares, ellos no estaban de acuerdo, pero era imposible que me hiciesen cambiar de parecer, estaba decidido a hacerlo. En la casa ya no quedaba nada de valor, así que no me preocupaba que entraran a robar. Las cartas las recogerían mis tíos, las leerían (a menos que fuesen personales) y me llamarían para comunicarme si había algo importante.

Cuando se lo dije a mis amigos tampoco les hizo mucha gracia, pero me organizaron una fiesta de despedida. Tanto ellos como yo pensamos que aquella fiesta haría que me arrepintiera de mi decisión y me echara atrás. Pero en la fiesta se volvió a repetir lo de las últimas semanas, la gente me miraba con lástima y medían sus palabras en las conversaciones. Aquello confirmó que debía irme sin mirar atrás.

 

La primera semana de febrero hice el equipaje. Me llevaba casi toda mi ropa, mi móvil, el carné de conducir, el carné de identidad, la tarjeta de crédito, 3000 Rikels en efectivo y el GPS, que no lo necesitaba para encontrar mi destino, si no para encontrar el camino de vuelta, algo así como las miguitas de pan que dejaban Hansel y Gretel en el cuento. Lo metí todo en el coche y el 5 de febrero partí hacia mi destino.

 

 

Capítulo 6: Llegando a mi destino

Aunque no sabía dónde iba a parar si sabía hacia donde quería ir, me dirigiría hacia el interior del país y después hacia el sur. Así fue como lo hice, viajé 3 horas por la autopista hacia el oeste, hacia el interior del país, y luego fui por carreteras secundarias hacia el sur.

A las 6 horas de mi partida encontré lo que buscaba, estaba conduciendo por una larga carretera toda recta y sin ningún tipo de tráfico, a mi izquierda había un sistema montañoso con unas montañas altísimas, tan altas que podía ver como los picos de las mismas estaban nevados y a mi derecha una extensa llanura, como un océano, pero en vez de ser de agua era de tierra y al fondo de aquel océano los últimos rayos de sol que hacían que pareciera un océano de fuego con un color anaranjado.

Quería quedarme allí, el primer pueblo o ciudad que encontrara sería el final de mi viaje. A los 10 minutos llegué al que se convertiría en mi nuevo hogar, un pequeño cartel ponía “Spranza”, aquel nombre me produjo como un cosquilleo, algo me decía que allí estaría mi futuro. Aminoré la marcha y me introduje lentamente en aquel pueblo.

Pasé por encima de un pequeño río, por un puente de piedra, justo después del cual estaban las primeras casas del pueblo. Debían de ser como unas 10 casas a cada lado de la carretera.

 

Paré a un lado, justo delante de un bar y entré. Al entrar vi que había menos de 10 personas, me dirigí a la camarera, una mujer de unos 40 años y le pregunté

La mujer me miró con cara extraña, como si me estuviera examinando bajo una mirada de rayos X, noté también como el resto de la gente que estaba allí se giraba y atendía a lo que decíamos.

Por su tono de voz parecía que aquella mujer no quería que me quedara en el pueblo.

Y así fue como conocí a la señora María, a la que, con el paso del tiempo, querría como a una madre.

Salimos los dos del bar, me dijo que su casa estaba allí al lado, me preguntó que cómo había llegado, le respondí que en coche y entonces me dijo que ella tenía garaje. Montamos los dos en el coche y comenzó a indicarme. Pasamos las 10 casas que tenía el margen derecho del pueblo y vi como una calle se metía hacia la derecha, había dos calles más paralelas a la principal.

 

Llegamos a su casa y comprendí porque me dijo que su casa estaba al lado del bar, de hecho, la parte de atrás del bar daba al frente de la casa de la señora María. Se bajó del coche y yo con ella, al lado de la puerta de su casa estaba el portón del garaje, abrió con llave y yo empujé para abrirlo. Metí el coche en el garaje, que comunicaba directamente con el interior de la casa a través de una puerta de madera pintada de granate. Cerré el portón y descargué mis maletas del coche.

La señora María me enseñó el resto de la casa, en la planta baja además del garaje y de la entrada se encontraba la cocina y un salón comedor. En la segunda planta había dos dormitorios, una sala de estar y un baño. No subimos al tercer piso, pero según me dijo allí había otro dormitorio y un trastero.

Aquella mujer era encantadora.

No me trataba como a un huésped, me trataba como a un hijo, parecía que me conocía de toda la vida.

Aquella cena estaba riquísima, me preparó arroz y aunque no llevaba nada más tenía un sabor indescriptible, nunca había probado un arroz tan rico.

Desde la muerte de mis padres tuve que aprender a cocinar, yo cocinaba para quitar el hambre, por lo que no me preocupaba por el sabor, todo lo que cocinaba estaba soso, pero con tal de comer ya me daba por satisfecho.

Me mostró mi habitación, me dijo que ella estaría en la de al lado y que no dudara en despertarla si necesitaba algo. Estaba agotado del viaje, así que me quedé dormido nada más tumbarme en la cama.

 

 

Capítulo 7: Conociendo a la señora María

Cuando me levanté por la mañana eran casi las 11 y estaba como nuevo, no me resentía lo más mínimo del viaje del día anterior.

Aun no había abierto la puerta de la habitación del todo cuando escuché la voz de la señora María.

Y así lo hice, cogí la ropa, me duché y cuando volví a la habitación la cama ya estaba hecha.

Bajé a desayunar. El café estaba preparado, sobre la mesa había dos rebanadas de pan con mantequilla y galletas, aquello me parecía extraño, me estaba tratando a cuerpo de rey y tampoco había hecho nada para merecerlo.

Comencé a desayunar y ella comenzó a interrogarme.

Lo cierto es que tenía razón, si hace algunos años me dijeran que a los 19 años me iría a la aventura les habría contestado que ni loco.

 

Después comenzamos a hablar de ella. Tenía 60 años, había estado 33 años casada y su marido había fallecido hace 3. Tenía dos hijos, su hija de 31 años se había casado y ya tenía su propia casa en una ciudad cercana a una hora de camino, su hijo de 26 también se había ido a la misma ciudad que su hermana, él compartía piso con otros 2 chicos para pagar el alquiler. Sus hijos venían a visitarla 4 o 5 veces al año, por lo que no era de extrañar que los echara de menos.

Me confesó que se encontraba muy sola en aquella casa y que por esa razón había decidido darme alojamiento. Además tenía una pensión de 150 Rikels, lo que malamente le daba para vivir.

También hablamos de la casa, me habló de las reformas que le habían ido haciendo para adaptarse a las necesidades del momento. Los dos dormitorios del segundo piso eran los que habían ocupado sus hijos antes de marcharse, ella dormía en el dormitorio del tercer piso con su marido, pero al marcharse sus hijos decidió trasladarse al segundo piso para no subir tantas escaleras.

Acordamos en que le pagaría 200 Rikels mensuales por mi alojamiento, a mi aquella cantidad me parecía muy poco y para la señora aquello era como una fortuna.

Seguimos hablando durante un par de horas más, hasta que fue hora de comer.

 

 

Capítulo 8: Conociendo el pueblo.

Después de comer salí a dar una vuelta para conocer el pueblo. Había 40 casas formando un cuadrado, 4 filas de 10 casas cada una, aquello naturalmente me llamó la atención, no sabía si lo habían hecho así a propósito o si había sido una casualidad.

Todas las casas era unifamiliares, no había ningún edificio, y los pocos comercios que había estaban en la planta baja de las casas. Me tomé aquel reconocimiento con calma, quería aprenderme de memoria el que sería mi hogar durante los próximos meses.

La mayoría de los comercios estaban en las casas que daban a la carretera principal, había un kiosco-librería, una panadería, tres bares, una carnicería, una frutería, una tienda de congelados, un pequeño supermercado, dos tiendas de ropa (una de hombres y otra de mujeres) y una tienda de electrónica (donde encontrabas cualquier tipo de aparato eléctrico, sobre todo electrodomésticos).

Me recorrí todo el pueblo parándome casa por casa para observarlas, aquella conducta le resultaba extraña a la gente que pasaba por mi lado cuchicheando. El extraño, el raro, el nuevo o el extranjero eran algunos de los mil y un apodos que me habían puesto en el pueblo. A mi no me importaba demasiado aquellos apodos, con forme me fueran conociendo supuse que irían desapareciendo. Además quería examinar el pueblo a fondo.

 

Como ya había dicho en el pueblo había tres calles paralelas. La calle principal se llamaba avenida Morter, las otras dos se llamaban Fernando Perderol y Mateo Carmín.

Fernando Perderol había sido el que fundó el pueblo hacía casi 3 siglos, había construido su casa al lado del río y había participado en la construcción de un antiguo puente de madera para cruzar el mismo. Ya no quedaba absolutamente nada de aquella casa ni de aquel puente.

Mateo Carmín había sido el primer alcalde del pueblo, y gracias a él se consiguió que se construyera el actual puente y que aquella carretera que cruzaba el país de Norte a Sur pasara por el pueblo.

 

Pero sigamos hablando de las casas del pueblo, no había ninguna que tuviera más de tres pisos de altura, sus tejados eran casi planos, ya que era muy raro que lloviera por aquella zona, el agua que tenían era la procedente de las montañas. Casi todas las casas eran de piedra, con puertas y ventanas de madera y todas tenían portón salvo las que tenían algún negocio montado en el bajo.

En sus orígenes todos en el pueblo se habían dedicado a la agricultura y a la ganadería, la mayoría aun se dedicaban a eso, pero poco a poco los comercios se habían ido estableciendo en el pueblo.

Pero ahora más que de lo que había hablemos de lo que faltaba, no había ningún banco ni cajero automático, tampoco ningún lugar para recargar la tarjeta del móvil, estaba claro, que la gente tenía que ir hasta las ciudades vecinas para realizar algún tipo de actividades. Por suerte para mí en el pueblo había cobertura, no es que fuera una maravilla, pero tampoco tenía pensado hablar mucho por el móvil.

 

Lo que más me fascinaba del pueblo era su situación, estaba justo al pie de las montañas, la carretera lo cruzaba de Norte a Sur, al Este estaban las montañas, lo que era muy conveniente en verano, ya que mantenía el pueblo fresco hasta bien entrada la mañana, que era cuando llegaban los primeros rayos del sol y por último al Oeste se encontraba una extensa llanura, se veían las parcelas delimitadas, la mayoría preparadas para cultivar y otras en las que se dejaba crecer la vegetación para el pastoreo.

El río se llamaba Tir, por aquel entonces tenía un metro de ancho y unos 10 o 15 cm. de profundidad, sin embargo su lecho medía casi 10 metros de ancho y 2 de profundidad, lo que daba a comprender que en la época de deshielo el río crecía considerablemente.

Al otro lado del puente había un parque con bancos y columpios, una pista de cemento con un par de porterías y justo enfrente de ella, al otro lado de la carretera, estaba la iglesia y el cementerio, razón por la cual la gente no había construido casas a ese lado del río.

 

Aquel reconocimiento del pueblo me llevó toda la tarde, y ya estaba oscureciendo cuando volví a casa de la señora María. Ella acababa de llegar a casa, había pasado la tarde jugando a las cartas con sus amigas en el bar.

Le ayudé a preparar la cena, cenamos y me fui a dormir, mi primer día en aquel pueblo había acabado.

 

 

Capítulo 9: Conociendo al alcalde.

La señora María se levantaba todos los días a las 8. Desayunaba, hacía la cama, se preparaba y a las 9 salía a comprar. A continuación se ocupaba del resto de las tareas domésticas, comía sobre la 1 y media y a las 2 y media quedaba con sus amigas, con las que pasaba toda la tarde, si el tiempo acompañaba iban a dar un paseo, si no quedaban en el bar para jugar a las cartas o simplemente para hablar.

Como no tenía nada mejor que hacer acompañé a la señora María a comprar, primero fuimos a la tienda y después a la carnicería. Me comportaba como un niño pequeño, no paraba de observar todo a mi alrededor, ni siquiera me fijaba en lo que comprábamos, me limitaba a llevar las bolsas.

Pero aquella mañana conocería a un nuevo personaje. Justo cuando llegamos a casa un hombre, de unos 40 años de edad y con una voluptuosa barriga que le asomaba por encima del cinturón, me llamó. Iba vestido de traje, supongo que con la intención de parecer elegante aunque su camisa a cuadros amarilla y lo ajustado que le quedaba la misma lo convertía en todo lo contrario. Sus zapatos estaban desgatados y rozados por todas partes.

Le di las bolsas a la señora María, que entró en casa y yo me quedé con aquel desconocido.

Una vez dentro de casa la señora María me explicó un poco más acerca de él. Se llamaba José Antonio Millares y era el alcalde del pueblo, estaba casada con la mujer que había conocido el primer día. Ellos eran los dueños del bar y tenían un hijo de 17 años que aún estaba en secundaria.

Al parecer el señor Millares había salido elegido en las tres últimas elecciones porque había sido casi el único que se interesó por la alcaldía. El hecho de que alguien nuevo llegase al pueblo le incomodaba. Aunque yo tampoco tenía pensado meterme en política.

Lo malo de los pueblos pequeños es que todos saben todo y una simple discusión entre dos personas podía dividirlo fácilmente.

Ayudé a la señora María en las tareas domésticas y me sentí como un ayudante de cocina a la hora de preparar la comida.

 

 

Capítulo 10: De aventura.

Después de comer la señora María siguió con su costumbre y fue a jugar con sus amigas. Me había dejado llaves del portón, así que podía salir a dar un paseo tanto andando como en coche y volver a la hora que quisiera.

El día anterior había visto todo el pueblo y como quería seguir conociendo el entorno sólo tenía dos opciones, o iba al este hacia las montañas o hacia el oeste para ver los campos de cultivo.

Me decidí por ir a las montañas.

Desde el pueblo había un camino de tierra que se adentraba en la montaña, serpenteando toda la ladera hasta la cima. Aquel camino era el que utilizaban los pastores cuando iban con el rebaño, aunque también lo utilizaban los guardabosques ya que tenía el ancho suficiente para que pasara por allí un coche.

A los lados del camino abundaban los pinos y era escasa la baja vegetación lo que permitía poder ir por el medio del monte sin tener que seguir el camino.

Era imposible perderse, si veías el sol durante la tarde era porque estabas en la ladera oeste y  para volver al pueblo lo único que había que hacer era bajar.

Reinaba la paz y la armonía, lo único que se escuchaba era el cantar de los pájaros y el sonido provocado por el viento al mecer las ramas de los árboles.

Aquel largo paseo fue muy reconfortante, era el lugar perfecto para pensar, nadie te molestaba.

Sobre las 6 decidí dar vuelta y regresar. Quedaba menos de una hora antes de que se pusiera el sol, era lo malo de los días de invierno, anochece muy temprano.

Si la subida había sido pacífica y tranquila la bajada fue hermosa. Desde la ladera de la montaña se veía todo el pueblo y la extensa llanura que se extendía al oeste. La puesta de sol tiñó todo el paisaje de naranja, mirarlo me cegaba, pero su belleza era tal que no podía dejar de observar como el sol se iba ocultando bajo el horizonte, como si un bebé se estuviera quedando dormido y se estuviera tapando con su mantita.

Debían de ser cerca de las 7 y media cuando regresé al pueblo, la bajada había sido el doble de rápida que la subida, el sol ya se había puesto y el cielo se dividía entre un azul claro al oeste y un púrpura casi negro al este.

La señora María ya había vuelto a casa y estaba preparando la cena. Le conté, como si de un confidente se tratara, mi pequeña excursión al monte.

No me había importado el hecho de no haber llegado a la cima porque tampoco era mi objetivo.

No era una mala idea, pero no estaba acostumbrado a caminar tanto y sabía que al día siguiente las piernas me iban a doler horrores.

 

 

Capítulo 11: La cuidad de Minem.

Llevaba dos días en el pueblo. Tuve suerte de que hubiera cobertura, porque así pude llamar a mis familiares y ponerles al tanto de todo. Lo malo de aquellas llamadas es que me había quedado sin saldo.

Como ya he dicho en el pueblo no había bancos ni lugares donde recargar el móvil, la única posibilidad era ir a la ciudad más cercana.

 

Y así fue como me puse en camino. Aquel viaje fue mucho más peligroso que el que me había llevado a Spranza. Me quedaba poco combustible, tenía la esperanza de encontrar alguna gasolinera durante el trayecto, pero no fue así. El coche se paró justo al lado de un cartel que indicaba que faltaban 5 Km. hasta llegar a Minem, que era como se llamaba la ciudad.

No tuve más remedio que seguir a pie. Después de la caminata del día anterior me dolían muchísimo las piernas, pero por suerte el camino era todo llano. Tampoco me crucé con ningún coche que fuera en mi dirección, así que no pude hacer autostop.

1 Km. antes de llegar a la ciudad encontré la gasolinera, había un empleado que tenía más o menos mi edad y se portó muy bien conmigo, después de explicarle que me había quedado tirado en la carretera, se ofreció a llevarme hasta el coche para llenarle el depósito.

Llenamos un par de latas con gasolina, la suficiente como para que el coche llegara a la gasolinera y poder acabar de llenar allí el depósito. Nos llevó alrededor de 10 minutos ir hasta el coche y volver a la gasolinera.

Le estaré eternamente agradecido a aquel chico. No sólo porque me acercara hasta el coche para que pudiera llegar, si no también porque me habló un poco de la ciudad. Me recomendó que fuera a un centro comercial próximo a la entrada de la ciudad, allí podría comprar todo lo que quisiera. El centro comercial también contaba con cajeros automáticos, lo que me permitiría sacar dinero y recargar el móvil.

 

Salí de la gasolinera y me dirigí hacia la ciudad. En aquél último kilómetro antes de llegar pude ver las extensas urbanizaciones que se extendían a ambos lados de la carretera. Parecían zonas tranquilas, todas las casas eran individuales con garaje y jardín. Algunas tenían columpios, otras piscinas y la mayoría tenían una pequeña valla blanca alrededor de su parcela. Pero sin embargo no se veía a nadie por las calles de las urbanizaciones, lo que lo convertía en un lugar hermoso y tranquilo.

Pero el paisaje cambió al llegar a la ciudad, ya no se veían casas unifamiliares, si no grandes edificios de diez o más plantas. Los edificios eran tan grandes y estaban tan juntos que parecía como cuando te adentras en un bosque muy denso donde se extiende la oscuridad.

Aquella ciudad daba una sensación de frío. Los edificios eran de colores pálidos, por la calle no se veía la luz del sol y la poca gente que me vi por las calles iba con cara seria y bien vestidos, como si todos fueran ejecutivos que odiaban su trabajo e iban por obligación.

 

Pronto encontré el centro comercial, tenía toda la fachada cubierta con luces de neón de todos los colores que me cautivaban como si fuera una mosca atraída por una de esas lámparas de luz ultravioleta.

Entré en el inmenso parking que había bajo el centro comercial. Tenía 6 plantas, pero no me hizo falta llegar hasta abajo de todo. Aunque había miles de plazas de aparcamiento estaba casi vacío. Estacioné lo más próximo que pude de las escaleras de acceso.

El centro comercial tenía una zona central con un techo de cristal que permitía la entrada de la claridad, pero eran unos espejos anclados a las paredes los que reflejaban la luz del sol directamente hacia el interior. Los espejos tenían un mecanismo que los hacía girar para que la luz del sol se proyectara siempre hacia el centro del edificio, donde se encontraba una fuente gigante de unos 6 metros de altura.

Estuve casi 2 horas inspeccionando todas las tiendas y comercios del centro comercial. No tenía prisa ya que había avisado a la señora María de que comería en la ciudad y de que no se preocupara si no volvía hasta la noche.

El ambiente allí era mucho mejor que en el exterior, abundaban los colores rojizos, lo que daba una sensación de calidez aun estando en pleno invierno y con unas temperaturas que no subían de los cinco grados centígrados.

Poca gente andaba por centro comercial, pero era totalmente distinta de la que había visto en la calle. Aquella gente no iba trajeada y no llevaba aquella cara seria de los ejecutivos. Aquel sitio parecía tener la magia suficiente como para alegrar a las personas, era un lugar en el que no había sitio para el aburrimiento puesto que había todo tipo de comercios y tiendas, además de innumerables cafeterías y restaurantes.

 

 

Capítulo 12: Nuria

Era una chica un poco mayor que yo, tenía el pelo corto y castaño. La cafetería estaba vacía y ella estaba detrás de la barra con un delantal verde.

Y a partir de ahí comenzamos a hablar de nuestras vidas. Ella tenía 25 años y vivía con sus padres, que se dedicaban a la ganadería. Trabajaba en turno de mañana, desde las 7 hasta las 3 de la tarde y hacía 4 años que trabajaba en aquella cafetería y los fines de semana era camarera en uno de los Pub de la ciudad. No ganaba mucho dinero, pero al vivir con sus padres le era suficiente.

Al parecer era una mala estudiante, dejara los estudios al acabar la secundaria y después estuviera trabajando en uno de los bares del pueblo, pero tras unas pequeñas diferencias con los dueños decidiera dejar de trabajar allí y probar suerte en otro lado.

Le conté toda la historia. La muerte de mis padres, el papeleo con los abogados, la sensación que tenía con mis amigos, mi decisión de irme a la aventura por el mundo adelante…

 

Una chica entró en el bar, saludó a Nuria, al parecer era la camarera que hacía el turno de tarde en el bar. Sin darnos cuenta llevábamos casi dos horas hablando.

Entró en el almacén después de que saliera su compañera. Dos minutos más tarde salió con una bolsa en la que debía de llevar el uniforme y salimos del bar.

Nuria llamó a sus padres para avisarles de que iba a llegar tarde a casa y que no se preocuparan.

Comimos tranquilamente y seguimos hablando de nuestras vidas, de nuestros años de instituto, de si cuando éramos pequeños pensábamos que nuestra vida iba a ser así, de nuestros planes de futuro…

No recuerdo a que hora acabamos de comer, pero después de aquella comida emprendimos el viaje de regreso a Spranza.

La puesta de sol nos acompañó hasta nuestro destino. Todo el paisaje estaba teñido de naranja y no pude evitar mirar a Nuria. Los rayos de sol se reflejaban en sus cabellos, dejándome atontado.

Cuando llegamos al pueblo el sol ya se había puesto. Aparqué el coche delante de la casa de la señora María y acompañé a Nuria hasta la suya. Llegamos enseguida, aunque no era de extrañar, ya que con lo pequeño que es el pueblo puedes ir de una punta a otra en menos de 5 minutos.

Nos despedimos con dos besos y me dijo que cuando volviera por el centro comercial le hiciera una visita.

Había sido un día muy bueno, atrás quedaba el incidente de la gasolina. Por fin había conocido a alguien de mi edad (más o menos) en aquel pueblo.

El sol ya se había puesto y comenzaba a anochecer. Las calles estaban vacías y en silencio, pero a mi no me importaba, mis pensamientos eran sólo para Nuria.

Saqué las llaves del bolsillo para abrir el portón y meter el coche dentro cuando alguien me agarró del brazo, me giró hacia el y me lanzó un puñetazo al estómago.

Me había pillado desprevenido, me encorvé hacia delante, puse mis brazos sobre mi estómago e intenté mantenerme de pie para girarme hacia mi agresor, pero antes de que pudiera hacerlo un golpe mucho más fuerte que el primero me dio en la espalda y caí rendido en el suelo. Entonces una voz de hombre me dijo:

Intenté responderle y ponerme de pie, mas en aquel momento me costaba caro respirar y no pude moverme.

No le vi el rostro a aquel hombre, cuando giré la cabeza él ya se estaba alejando y sólo pude ver su espalda.

Estuve un par de minutos tumbado hasta que recuperé el aliento y me puse de pie. Ya no quedaba rastro de aquel hombre y no sabía por donde se fuera.

Por alguna extraña razón la lista de enemigos en aquel pueblo crecía más que la lista de amigos.

 

 

Capítulo 13: Llámame

Cuando estuve recuperado guardé el coche en el garaje. La señora María estaba en la cocina preparando la cena.

Le conté todo lo que me había pasado, todo menos lo de la agresión, no quería preocuparla.

Después de oír aquello estaba casi seguro de que su ex-novio fue el que me agredió.

Cené con la señora María y me fui a dormir, lo cierto es que aun me dolían las piernas de la caminata del día anterior y a eso había que sumar el dolor de los golpes que me había dado el ex de Nuria. Nada más tumbarme en la cama caí rendido.

 

Al día siguiente me desperté hecho polvo, la espalda me dolía muchísimo, cuando me miré al espejo vi un enorme moratón en mi espalda, aunque no parecía nada grave que no se curase con el tiempo.

No quería pensar mucho en lo que había pasado el día anterior, así que me mantuve ocupado ayudando a la señora María con las tareas de la casa. Salimos a hacer la compra, preparamos la comida.

Tras el almuerzo me quedé sólo en casa, así que decidí ir a dar un paseo.

Volví a la montaña, como hacía dos días, pero esta vez no avancé tanto. Tenía muchas cosas en las que pensar.

Por una parte el tiempo que había pasado con Nuria había sido realmente maravilloso, hacía tiempo que no estaba así con una chica, pero por otra parte no me hacía ninguna gracia meterme en problemas con el ex novio.

Y así fue como pasé la tarde, pensando en si debía o no volver a ver a Nuria…

Cuando empezaba a anochecer volví a casa. Entre por el portón, como siempre, y como la señora María aun no había vuelto decidí sentarme un rato en el sofá a ver la televisión.

20 Minutos más tarde llegó la señora María, se acercó a mí con un sobre en las manos y me dijo:

En el sobre ponía “Para Martín”, dentro de el había un papel en que estaba escrito “Llámame” y un número de teléfono.

Aquello parecía sacado de un argumento de una película de terror, de esas en las que el asesino habla por el teléfono con la víctima antes de matarla.

Esa nota era más que sospechosa, seguramente todo el pueblo sabía donde estaba hospedado, y teniendo en cuenta que tenía más enemigos que amigos llamar podía resultar arriesgado.

Por otra parte el que la escribiera conocía mi nombre, y yo sólo se lo había dicho a la señora María y a Nuria, pero lo más seguro es que la señora María les hubiera hablado de mi a sus amigas y por aquel entonces medio pueblo, por no decir el pueblo entero, conocería mi nombre.

Me armé de valor y me decidí a llamar. Marqué el número, llamé y esperé a que me contestase alguien, mi corazón se aceleraba cada vez más y sentía un impulso irremediable a colgar el teléfono.

-  Si, soy yo. Y tú debes de ser Martín.

-  Bueno… si no quieres tampoco pasa nada…

-  Pues entonces venme a buscar, te espero en la puerta de mi casa.

Avisé a la señora María de que iba a salir y fui a buscar a Nuria.

 

 

Capítulo 14: Con Nuria en el parque

No tardé ni dos minutos en llegar a su casa, justo cuando llegué salía ella.

Al igual que a cualquier parte del pueblo llegamos en 1 minuto, justo el tiempo que nos llevó hablar de cómo nos fuera el día.

El parque estaba totalmente a oscuras, sólo tenía un par de farolas y parecía que no les habían cambiado la bombilla en mucho tiempo, casi daba miedo estar allí, lo único que se escuchaba era el sonido del agua que llevaba el río.

Nos sentamos en un banco de piedra que parecía estar hecho de hielo de lo frío que estaba. No pude evitar que me diera un escalofrío al sentarme.

Continuamos hablando durante la siguiente hora. Los temas de conversación eran de lo más variado posible, cada tema nos llevaba al siguiente, todos encadenados sin la posibilidad a que hubiera silencio en el diálogo. Yo cada vez tenía más frío, hasta que estornudé.

Entonces Nuria se levantó, se sentó sobre mis rodillas, me desabrochó el abrigo, metió sus brazos por debajo y apoyó su cabeza en mi hombro.

Cerró sus ojos y el silencio se apoderó de nosotros. Debió de pasar un minuto o dos sin que dijéramos nada. Ella abrazada a mi y yo quieto sin saber qué hacer.

No volvió a decir nada y el silencio se volvió a adueñar de nosotros. Ella seguía con los ojos cerrados, pero cuando la miré sus labios dibujaban una sonrisa malévola, aquello no me daba buena espina.

Sin previo aviso comenzó a hacerme cosquillas, yo no pude evitar comenzar a reírme a carcajadas y por mucho que le pedí que parase ella no me hizo caso. Le agarré los brazos para que se detuviera, pero como no quería hacerle daño no le apretaba y por tanto ella siguió haciéndome cosquillas.

Comenzamos a forcejear y acabamos cayéndonos del banco y rodando por el suelo. No recuerdo como fue, pero si recuerdo como acabamos. Al final Nuria estaba tumbada en el suelo boca arriba y yo justo encima de ella, aprisionándola con mi cuerpo.

La luz de la luna se reflejaba en sus ojos, dejándome embobado sin poder apartar la vista de ellos. El corazón me palpitaba muy rápido, no se si por el forcejeo o por la postura en la que nos encontrábamos.

Me dejé llevar, cerré los ojos y la besé.

Y así fue como acabó nuestra cita, los dos besándonos apasionadamente en el suelo de un parque oscuro, iluminado únicamente por la luz de la luna y las estrellas y con un silencio sólo roto por el ruido del agua que llevaba el río.

Cuando nos dimos cuenta habían pasado casi 3 horas desde que habíamos quedado, así que decidimos volver y quedar al día siguiente cuando Nuria volviera de trabajar.